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Gestos de
incontenible pureza
nacen
en
mi rostro
al
oír
tu
voz
que
me
seduce
sin
temor.

Tus
sueños
violan mi
calma
tu constante mirada
es una guerra
declarada
la tentación que
siempre
me acorrala.

Sin embargo
sigo
siendo el verbo
que
no
aprendes
a conjugar,
la manzana del paraíso
que solo sabes
desear.

A pesar de quererte
le falto el respeto
a tu gigantesco ego...
y
maldices
mi
falta de cordura
a
la
obsesiva negativa
de
ser
tuya.

Tu piel y la mía
saben que se pertenecen,
pronto
sanaran
las
heridas
de
tus
mortales fantasías
con la
verdad de
mi
vida.

Ven... te invito a dorarnos
con el sol de la pasión
de nuestros cuerpos
haciéndose el amor.

Valeria Valoska
Agosto 18, 2003
(6.35
a.m.)
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